Dicen
que en Filipinas hay 7.107 islas y diecisiete manilas. El pequeño
poblado de Maynilad a orillas del río Pasig que Miguel López de
Legazpi conquistó el 24 de junio de 1571 se ha convertido trescientos
treinta años más tarde en un monstruo con 17 cabezas que ocupa nada
menos que 630 kilómetros cuadrados y acoge un mínimo de diez
millones de personas, un número que aumenta todos los días al
existir una enorme presión migratoria.
Técnicamente ya no se puede hablar de
Manila sino de Metro Manila, una área administrativa compuesta por
cuatro ciudades y 13 municipios donde se agolpa, en estos momentos,
una séptima parte de la población total del país pero que se estima
llegará a albergar muy pronto hasta un 20% de los filipinos, dada la
inestabilidad política y económica de ciertas provincias del sur del
archipiélago.
Como tantas otras metrópolis en
países del Tercer Mundo, Manila es una permanente contradicción
salpicada de escandalosos contrastes. Mientras que el gobierno se
congratula de las mejoras y adelantos en lo que concierne al urbanismo,
la ordenación del territorio y la implantación de una moderna red de
transporte, crece el número de barrios de chabolas donde la
población sobrevive en condiciones infrahumanas.
Para la exigua clase privilegiada, las
cosas han mejorado mucho en Manila. Si antes había pequeñas islas de
lujo en forma de barrios residenciales desperdigados por toda la gran
metrópolis ahora tienden a concentrase en Makati City, una anodina
ciudad de nueva planta con docenas de centros comerciales y un aire
inconfundiblemente americano. Allí no sólo están los bancos, los
grandes hoteles, las sedes sociales de las compañías multinacionales
sino que también se han instalado la mayoría de las embajadas y las
residencias de los más afortunados. Hay hasta cuatro Bel Air en
Makati que intentan mimetizar con exquisito gusto a su exclusivo
homónimo de Los Angeles. Los campos de golf abundan, todo el mundo
comenta sobre la proliferación de restaurantes de cocina
internacional en la zona y la desaparición de la contaminación
urbana. Hay muchas urbanizaciones de chalets pero si se prefiere un
piso en una de las vertiginosas torres que rodean al centro comercial
Ayala, hay una enorme variedad donde escoger. Los precios son
comparables a los de cualquier ciudad europea o incluso superiores.
Por un piso de 120 metros en el centro se puede pagar de alquiler unas
150.000 ptas o más. Un porcentaje muy escaso de habitantes es
propietario.
Desde esta parte de Manila hay una
excelente comunicación con el nuevo aeropuerto a través de una
autopista conectada con el EDSA, la carretera de circunvalación que
se ha construido alrededor de Metro Manila.
Después hay otras Manila en Pasay
City, Ermita, la Loma, Quezón City... donde vive una cada día más
escasa clase media, ligada al pequeño comercio, al funcionariado y a
los servicios. Su vivienda tipo es , en el mejor de los casos, una
modesta casita de 30 a 50 metros cuadrados en dos plantas y con techo
de uralita. La distribución es muy sencilla. En el piso bajo hay una
habitación que hace de salón, comedor, dormitorio y hasta cocina que
ocupa una esquina del espacio además de un exiguo cuarto de baño,
cuando se tiene suerte. En el piso superior que suele ser mucho más
pequeño, pueden dormir los abuelos o algunos de los hijos cuando son
muy numerosos y también se utiliza para guardar cosas. En algunos
casos tienen un pequeño jardín donde se cultivan hortalizas. Una
vivienda de ese tipo puede costar entre 25 y 50 mil pesetas de
alquiler según la zona donde se encuentra, algo absolutamente
inalcanzable con el sueldo medio de un obrero que rara vez supera las
20 mil pesetas al mes. Acceder a la propiedad es un sueño que muy
pocos pueden alcanzar aunque puntualmente el gobierno ofrece un
reducido número de viviendas, casi de forma simbólica, en
condiciones financieras muy atractivas.
La gran masa obrera se tiene que
conformar con una versión aun más modesta de esa casa tipo,
normalmente construida con material muy perecedero y con unas
condiciones higiénicas extremadamente deficientes. Estas viviendas
que en la mayoría de los casos también están sujetas a un modesto
alquiler suelen estar hacinadas en las riberas de arroyos de aguas
residuales que sirven de cuarto de baño, lavaderos y alcantarillas.
No es de extrañar que el habitante medio de Manila pase gran parte
del día en la calle y que por las noches los parques estén
totalmente abarrotados. Allí también se concentran las masas de
emigrantes sin ningún techo que de forma constante llegan a la
capital en busca de trabajo.
Una de las contradicciones más
flagrantes de la nueva Manila ha sido la implantación de una moderna
red de metro cuyo precio de acceso es tan elevado que sólo puede ser
utilizado en la práctica por las clases más acomodadas que por el
momento lo ignoran al sólo cubrir zonas alejadas de Makati y carecer
en la mayoría de los casos de escaleras mecánicas para descender a
grandes profundidades.